Instituto Municipal de Historia

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El ocaso de una actividad profesional E-mail

Autor: RAMON OJEDA SAN MIGUEL, 1985.

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1 "EL OCASO DE UNA ACTIVIDAD TRADICIONAL. PESCADOR PROFESIONAL DE MIRANDA DE EBRO" Ramón Ojeda San Miguel RECUERDOS DE UN Hace algunos años fue abordada esta cuestión de la pesca profesional y tradicional de Miranda de Ebro en otro pequeño trabajo nuestro*. Por ésta y otras investigaciones sabemos con entera seguridad, a nivel documental, que desde el siglo XV se consumían considerables cantidades de pescado fresco de río en la antigua villa de Miranda de Ebro. La venta del pescado se hizo hasta mediados del siglo XIX en la "tienda municipal", denominada de "Lo Fresco", donde el Ayuntamiento cobraba su correspondiente tasa fiscal. Las especies más pescadas, y claro está también más demandadas por los vecinos de la Villa, eran los barbos, truchas, anguilas y los "peces" (loinas). Como es lógico, todos estos peces se capturaban en los numerosos ríos de la comarca, y sobre todo en el río Ebro. También conocemos que las formas, métodos y épocas de pesca estaban controladas y supervisadas por el Consistorio mirandés. De forma muy semejante a la mayor parte de la Península Ibérica, en Miranda se consumió durante largos siglos mucho pescado; y no solamente proveniente de los ríos, también del litoral marítimo, en este caso en multitud de variantes: fresco, semicurado, salado y escabechado. Los hábitos de este masivo consumo de pescado, tal como decimos, se pierden en el paso de los siglos. Además de razones de corte puramente económico, es evidente que la explicación de este comportamiento de los mirandeses en su alimentación habitual descansa en argumentos a los que podemos calificar como puramente culturales: los ritmos del calendario litúrgico del omnipresente culto católico imponían a la población prolongados y abundantes períodos de abstinencia en el consumo de carne; por ello, la presencia del pescado en las dietas de la mayoría de la población se convirtió en una obligada alternativa. Volviendo a retomar más directamente el tema sobre el que estamos tratando, la pesca y consumo de pescado "dulce de río", no podemos olvidar que en buena medida los protagonistas de esta cuestión fueron los "pescadores La pesca en los ríos de la villa de Miranda de Ebro en los siglos XVI - XVIII", revista López de Gámiz, nº. VI, abril de 1985, pp. 11 - 15. *" 2 profesionales", siempre presentes entre el vecindario mirandés. Sabemos con entera seguridad que desde hace aproximadamente quinientos años, tres o cuatro familias lograban la parte fundamental de sus ingresos precisamente dedicándose a la actividad pesquera. Como muchas otras facetas de la cultura material tradicional, esta actividad en el momento presente ha acabado por desaparecer; pero todavía hasta mediados del actual siglo XX los "pescadores profesionales" han seguido siendo un "elemento común" en las orillas de nuestros abundantes ríos. Precisamente por ser todavía cercana su desaparición, hemos querido rescatar buena parte de sus "quehaceres", para dejar plasmado, en lo posible, algo de aquella actividad, antes de que el paso de los años y la desaparición material de sus antiguos artesanos signifiquen también el definitivo ocaso de esta vetusta forma de ganarse la vida. Para esta tarea hemos contado con la inestimable ayuda, espina dorsal de todo este pequeño trabajo, de don SANTIAGO NIEVA, seguramente el último pescador profesional de Miranda. De esa forma a lo largo de los siguientes párrafos iremos recogiendo buena parte de los recuerdos y datos proporcionados por este pescador. Los suyos y los de su familia, puesto que el Sr. Nieva pertenece a una estirpe en la que desde sus abuelos, hasta sus hermanos, prácticamente todos sus componentes se han dedicado a las tareas pesqueras. El padre de nuestro relator llegó a Miranda, ya como pescador profesional, desde la vecina localidad riojana de Cenicero, donde también ha existido una dilatada y centenaria actividad pesquera en el río Ebro, a comienzos del actual siglo XX. En la memoria de don Santiago aún pervive la imagen de otros conocidos pescadores mirandeses, además de su padre y hermanos, aproximadamente entre el año 1930 y 1960: "Melitón" y la familia Berrio. Incluso, siguiendo su relato, era habitual la llegada de pescadores desde Haro. Estos, después de utilizar el ferrocarril para desplazarse con su barca hasta nuestra ciudad, durante un período de 15 a 20 días iban desplazándose río Ebro abajo pescando, hasta volver a Haro, su punto de origen. En el transcurso del descenso, todos los días hacían paradas, para así poder vender su pesca por las poblaciones aledañas. Por las narraciones de nuestro pescador podemos comprobar que las especies más capturadas seguían siendo prácticamente las mismas que en siglos anteriores: loinas, barbos y , en algo menor medida, truchas, cangrejos y anguilas. Pero a diferencia de tiempos pasados, cuando la pesca era vigilada por las autoridades municipales, en las últimas décadas el control estaba en manos de los guardas fluviales y de la Guardia Civil. En este último caso, los pescadores estaban obligados a presentar en el "cuartelillo" todos sus instrumentos de pesca, y especialmente las redes, para comprobar que todos ellos se ajustaban a las medidas establecidas por la Ley. De este modo, las redes con anchuras 3 fuera de la reglamentación eran precintadas y selladas con plomo. Ahora bien, como es lógico, y ha ocurrido en todas las épocas, los pescadores se las solían arreglar para utilizar aquellas redes precintadas, y para librarse, mediante pequeños "trapicheos", de la pertinaz vigilancia de los guardas, sobre todo en tiempos de las tremendas penurias de los años posteriores a la Guerra Civil, los conocidos como la época del "estraperlo". Al igual que en los tiempos antiguos, las "pardas y escortes" de los ríos, como métodos de pesca, estaban prohibidos; pero sin embargo se seguían clandestinamente utilizando. La familia Nieva era propietaria en el término del "Cañal" (comprado al viejo pescador mirandés conocido con el sobrenombre de "Kískili"), muy cerca de las estribaciones de la fábrica F.E.F.A.S.A., de una especie de presa hecha con grandes piedras. En ella se colocaban, aprovechando las salidas de los remansos y balsas de agua, pequeñas trampas para los peces, y sobre todo un sistema compuesto por una docena de cuerdas con 22 anzuelos cada una. Gracias a este "tinglado", hecho solamente a base de piedras y tablones que atravesaban todo el Ebro, la familia Nieva conseguía capturar gran cantidad de peces y sobre todo "muchas y enormes anguilas". También estaba cono antaño prohibida la utilización de cal viva y venenos. Procedimiento que prácticamente no utilizaban nunca los pescadores profesionales; pero sí algunas otras personas, que de vez en cuando se dedicaban a capturar peces de forma furtiva en los grandes pozas y remansos del Ebro. Igualmente, en teoría, no podía pescarse de noche; pero seguía siendo muy habitual ver a los pescadores realizando sus tareas, ayudados por sus inconfundibles faroles, a altas horas de la madrugada. Según las apreciaciones de nuestro pescador - relator, por la noche era más fácil pescar, sencillamente porque los peces "estaban más mansos". Otras formas asimismo habituales de pescar se basaban en la utilización de "botrinos" y "esparaveles". Los primeros se usaban sobre todo en ríos pequeños, mientras que los otros, los espárveles, necesitaban de una especial pericia para su manejo. Además, estos últimos instrumentos normalmente también estaban prohibidos, puesto que se empleaban en las corrientes; es decir, en los lugares en donde los peces realizaban la puesta de huevos, y, por tanto, sitios en los que se hacía "mucho daño" a la fauna piscícola. Pero sin lugar a dudas, "sobre todo se pescaba con redes". En Miranda los paños de las redes, aunque existían pequeñas variantes según el tipo de pescado y gusto de los pescadores, tenían una longitud de aproximadamente 22 metros. El calado de la malla también variaba en función de la captura deseada: así, las empleadas para loinas eran más tupidas en su trama que las dedicadas a la pesca de barbos. Normalmente, caso de 4 nuestros pescador Sr. Nieva, las redes eran confeccionadas y arregladas por los propios pescadores, con la ayuda insustituible de su familia. Aunque el sistema de redes barrederas, consistente en una especie de arrastre mediante cabos guiados por los pescadores desde las orillas, se utilizaba en ríos de pequeño calado y anchura, la mayoría de las veces las modalidades de capturas con redes se utilizaban sobre todo en el río Ebro. El método era sencillo: el pescador echaba el aparejo al agua con una piedra grande y un corcho, y detrás, lógicamente amarrada, lanzaba la red. De esta forma una parte del río era "tapada". Inmediatamente después, desde su barca, el pescador con una vara iba "pinchando" el fondo del río, para que así los peces "se movieran" y se desplazaran hasta quedar atrapados en las redes. Este sistema de captura que acabamos de comentar se ha usado fundamentalmente en la pesca de loinas y barbos, pero no para las truchas, pues, dadas las características de éstas, eran capaces de saltar por encima de las redes colocadas por los pescadores desde sus barcas. Las zonas más propicias para las labores de pesca eran siempre los lugares cercanos a las presas, islas y remansos en general. Remansos que, para atraer a los peces, en muchas ocasiones los propios pescadores "cebaban". De todas forma cada pescador tenía, como es lógico por otra parte, sus puntos de pesca preferidos especialmente en el fértil río Ebro. La familia Nieva siempre consideraba como los sitios más apropiados para las capturas los siguientes: los pozos colocados debajo de la presa de Cabriana, las desembocaduras el "royo Amoyo" y Oroncillo en el Ebro y otra pequeñas fuentes y manantiales en las estribaciones del paraje conocido como "Los Pinos" (en estos puntos, sobre todo en época veraniega, se reunían gran cantidad de barbos, loinas y truchas, por constituir una zona en la que el agua del Ebro quedaba refrescada por la corriente de sus afluentes). También eran sitios magníficos para pescar las confluencias del Ebro con el Bayas y fundamentalmente con el Zadorra (este último mucho mejor al carecer de la contaminación que en el primero producían los desagües ferroviarios y de la "Azucarera Leopoldo"). Como hemos podido vislumbrar ya, y los mirandeses de mediana edad han podido llegar a conocer, uno de los elementos imprescindibles, y directamente ligados al paisaje de nuestros río, en la labor diaria de los pescadores eran las "barcas". Las embarcaciones mirandesas por lo general tenían como dimensiones, una largura de 3 metros, y una anchura aproximada de 1,5 metros. Carecían de quilla, resultando así un fondo plano; el más apropiado para moverse por aguas a veces poco profundas y sin oleajes. Aunque estas barcas han sido capaces en algunas ocasiones de transportar hasta seis persona, por lo general cuando eran empleadas en las faenas de la pesca, eran tripuladas por una o dos. 5 Ciertamente no resultaban demasiado cómodas, puesto que solamente estaban provistas de un asiendo de madera en el centro del barco. No todos los pescadores mirandeses, ni mucho menos, eran capaces de fabricar y construir sus propias barcas. Solamente la familia Nieva, por una dilatada tradición entre sus componentes, sabía construir estas viejas barcas. De ahí que el resto de los pescadores compraran las embarcaciones en la zona de Cenicero, lugar en el que había existido una secular práctica en este tipo de carpintería artesana, o que las encargaran en Miranda a la familia Nieva. Una vez más, gracias a la memoria de don Santiago podemos recuperar algunas de las principales características de esta fabricación: solían construirse empleando madera de chopo, considerada en este campo como muy sana, muy flexible y "domable", y en general fácil de trabajar. En esta tarea tradicional de fabricar barcas se comenzaba haciendo "el morro" o proa; y para tal fin de clavaban dos tablones de chopo en forma de punta. Después los constructores colocaban una "plantilla" a la altura del futuro asiento de la barca, para así domar y doblar los tablones e ir consiguiendo la forma clásica de la embarcación. Como es lógico, la madera de chopo había permanecido previamente "a remojo" en agua, a fin de conseguir una mayor elasticidad en el trabajo. Al llegar a la parte trasera de la barca, domando los tablones, ya se tenía previamente preparada una chapa que herreteaban a los primeros, formándose así una terminación chata o popa. Inmediatamente después, nuestros carpinteros - pescadores daban la vuelta a la barca para clavetear su fondo; constituyendo, sin duda, esta labor una de las tareas más delicadas y necesitadas de pericia: los tablones del fondo no debían ir demasiado juntos para evitar que luego, al hincharse, en el contacto con el agua, sufrieran peligrosas curvaturas. Así mismo, para soslayar este último inconveniente era preferible emplear tablones no demasiado anchos en el fono de la barca. Como podemos apreciar, y a diferencia de lo que hacían algunos carpinteros de ribera de zonas marítimas, los barcos fluviales de Miranda no llevaban "estopa" entre las juntas de los tablones. Sencillamente las ranuras entre madera y madera desaparecían al hincharse por el contacto con el agua de río. Sin embargo, las barcas de río sí recibían una mano de brea o "galipó", adquiriendo con ello su característico color oscuro. Por último, hay que señalar que las barcas recién construidas, antes de ser utilizadas por los pescadores en sus quehaceres diarios se mantenían metidas en el agua durante 15 o 20 días, para lograr definitivamente una "hinchazón" y cierre perfecto de todas sus juntas. Los remos también se fabricaban con madera de chopo: la pala en forma plana y redondeada en los mangos. Estos se 6 amarraban a unos pequeños muñones de madera colocados en barca mediante cuerdas y trapos de sujeción y apoyo. duración de una de estas embarcaciones, en palabras nuestro pescador don Santiago Nieva, "era de por vida, a ser que ocurriese algún tropiezo o accidente". la La de no La barca era el elemento flotante que utilizaban los pescadores mirandeses como forma de transporte y herramienta fundamental de trabajo. Con ella se trasladaban a lo largo y ancho fundamentalmente del río Ebro, y con ella tendían y halaban las redes, recogían las capturas y aproximaban su pesca hasta la orilla. En definitiva, sin duda alguna, la barca constituía el instrumento que confería el carácter de "profesionales" a los pescadores. Pero además, nuestros personajes protagonistas ofertaron al vecindario toda otra sería de servicios generados de la utilización de aquellas embarcaciones: en muchas ocasiones se han dedicado a cruzar de una orilla a otra a muchas personas, especialmente a obreros y técnicos de fábricas ubicadas en las cercanías de los ríos, como F.E.F.A.S.A. o la "Azucarera"; han rescatado a muchos accidentados y "ahogados"; y, ayudado a salvar de situaciones muy peligrosas a muchos mirandeses en las esporádicas y tremendas riadas del Ebro. Además los barcas también han servido en más de una ocasión para cazar pequeñas aves, y para enseñar a los antes poco numerosos piragüistas todos los pasos entre islas y corrientes del río. En definitiva, hasta hace unos años en que ha sido dragado un buen tramo del río Ebro, los verdaderos expertos y únicos conocedores de los secretos del río han sido los pescadores profesionales, ayudados siempre por sus inseparables barcas. Excepto el "Callejón de los pescadores", pequeña travesía que bajaba entre casas desde la calle de "Los Hornos" hasta la orilla del río, propiedad municipal cedida a algunos pescadores, en cuyo punto final ha existido una especie de centenario embarcadero de piedra, no existía ningún punto concreto en el que se pudiera de forma segura varar y enganchar las barcas. Normalmente cada pescador tenía un lugar propio en el que dejar su barca: por lo general nunca se sacaban del agua, se amarraban mediante una cadena y candado a algún árbol, y si era posible con juncos y ramas de los árboles cercanos se intentaba cobijar las mismas bajo un pequeño camuflaje. Es más que lógico este esmerado cuidado que los pescadores dedicaban a sus embarcaciones, si tenemos en cuenta que constituían un elemento esencial en su trabajo y difíciles de reponer o sustituir en caso de pérdida o accidente. Lo normal es que cada pescador tuviera solamente una embarcación, salvo en casos especiales, como de nuevo es el de nuestros protagonista Sr. Nieva, que al ser también carpintero de barcas, tenía siempre en su cuadra o bodega una barca de reserva colgada mediante sogas en el techo. Casi diariamente la familia Nieva, en busca de la pesca habitual, se desplazaba con su barca a lo largo del río Ebro, 7 en lo que sin duda podemos considerar como grandes distancias: río arriba llegaban hasta las inmediaciones de Montañana y Guinicio, y, en dirección contraria, se acercaban a las proximidades de la desembocadura del Zadorra y de Ircio. Para comprender el enorme esfuerzo que estos recorridos suponían, no hay que perder nunca de vista que la embarcación era movida a remo, y por lo tanto la fuerza de tracción era simplemente la proporcionada por sus brazos. Imaginémonos lo que sería tener que pasar por fuertes rápidos, subir corriente arriba, tener que cargar con la barca al hombro para sortear alguna presa o rápido infranqueable... Muy tradicional ha sido también que nuestros pescadores, para estos largos trayectos y trabajo diario, se ayudaran de pequeños refugios colocados en las orillas del río. En el caso de la familia Nieva llegaron a utilizar hasta cuatro casetas en las laderas del Ebro. La mayoría de ellas eran simples cuevas excavadas en la tierra y arenales de las orillas; aunque también, de nuevo es el caso de "Los Nieva", a veces contaban con una especie de "refugio - base" construido de piedra (el padre de don Santiago Nieva contaba con una caseta de piedra de unos 10 m2., situada en el término de "el Cañal", a una distancia aproximada de 1 Km. de Arce - Miraperez). Así pues, como podemos apreciar y fácilmente suponer, durante muchas décadas los pescadores profesionales han sido los dueños y señores de ese mundo enigmático y difícil de conocer como eran nuestros ríos. Solamente, y esta es una curiosidad que hay que recordar, pues también ha desaparecido ya, compartían algo esta soberanía con un buen número de personas de raza gitana. Aproximadamente entre los años 1890 y 1960 (pues antes los documentos escritos demuestran que prácticamente no existían personas de este origen viviendo de forma habitual en la comarca mirandesa) un buen contingente de ellos andaban diariamente por el río a la búsqueda de juncos para fabricar sus tradicionales cestas, y a la recogida de animales muertos. En este último caso hay que puntualizar que durante muchos años los ganados muertos eran arrojados normalmente al río; siendo los gitanos los que muchas veces los "rescataban" para aprovechar sus carnes y utilizar parte de ellas como alimento personal, e incluso, después de ser saladas y curadas, para su posterior venta. Una vez más don Santiago Nieva cuenta como en más de una ocasión ha prestado su barca para que grupos de gitanos, siempre en aquellas épocas faltos de los recursos más primarios, pudieran recoger animales muertos y flotando en el Ebro; y como utilizaban una curiosa técnica para detectar la bonanza de la carne: después de descuartizar al animal, introducían durante aproximadamente 24 horas las partes más magras de carne en agua con sal; al término de este tiempo, si la carne había absorbido la sal y estaba más o menos dura, consideraban que era apta para el consumo, e incluso, como 8 hemos dicho, a veces era vendida; pero en el caso contrario, era vuelta a tirar al río. Pero volvamos de nuevo a la actividad propiamente pesquera, objeto fundamental de este pequeño recuerdo y descripción. Nuestros protagonistas, los pescadores de río, además de cuidar de sus embarcaciones, instrumental y de pescar, también comercializaban y vendían directamente sus capturas. A diferencia de lo que ocurrió hasta mediados del siglo XIX, en los primeros cincuenta años de la actual centuria, el pescado de río no estaba gravado con impuestos municipales especiales directos, salvo el pago del paso de "consumos" en las casetas y fielatos situados a la entrada de la ciudad, cuando la pesca se hacía fuera del recinto urbano Los pescadores han vendido sus capturas directamente a través de varios mecanismos: por las calles de Miranda, voceando a su paso las existencias; en la plaza de Abastos hasta aproximadamente las 12, 30 horas del mediodía; y directamente a muchos bares para ser despachados a sus clientes como freidurías (por ejemplo, la familia Nieva abastecía de pescado al conocido establecimiento de "las Manuelas"). Así mismo era práctica habitual que los pescadores se desplazaran en carros, caballerías, y hasta bicicletas, a vender sus productos por los pueblos de alrededor, y que llevaran, especialmente en épocas de "vigilia" o "Cuaresma", considerables cargamentos a conventos religiosos o colegios, como Bujedo o El Espino, con un gran número de alumnos internos; aunque con la particularidad de que en estos últimos casos, los peces, apilados en sus clásicas cestas, debían ir ya limpios y sin vísceras. Como se puede deducir de nuestro relato, el pescado de río siempre se vendía "en fresco". Nunca fue objeto de salazón, ni de otro tipo de "conservación" artesanal. No obstante, especialmente en el caso de los barbos, algunos pescadores realizaban pequeñas operaciones de salazón; pero siempre destinadas únicamente a un consumo familiar. En la actualidad la pesca profesional ha desaparecido de Miranda de Ebro. En localidades riojanas próximas, caso de Cenicero y Haro, todavía hoy sigue viéndose en pequeña escala esta tradicional actividad. En la última población vecina, todavía es posible encontrar a algunos pescadores vendiendo sus peces "al increíble precio de casi 500 pts. el Kgr.", muy apreciados en algunos establecimientos de hostelería. Por lo tanto la pregunta, para acabar este breve relato, que podemos plantearnos, es sencillamente la siguiente: ¿Por qué ha desaparecido la pesca profesional en los ríos mirandeses? Ciertamente las posibles respuestas pueden ser múltiples. En primer lugar hay que tener en cuenta que las formas de vida y hábitos de consumo en las dietas de los 9 mirandeses han conocido cambios profundos; y así el pescado de río ha sido sustituido por otras especies en teoría de mejor calidad gastronómica. Es muy probable que también exista un problema de falta de competitividad y de precios, de una "industria" a pequeña escala y artesanal, frente a las grandes "pesquerías marítimas". Por último, y creemos que dada su importancia podemos dejar su planteamiento como punto y final, no cabe duda que entre los consumidores mirandeses empezó desde hace décadas a plantearse la duda de si el pescado de río era apto y bueno para el consumo. Dicho de otra forma, la gente comenzó a sospechar que el pescado de río pudiera estar "contaminado". En opinión de don Santiago Nieva, esta cuestión ya se comenzaba a perfilar en los años treinta, cuando el pescado del río Bayas empezó a ser despreciado como consecuencia de los vertidos de la "Azucarera". Cuestión que años más tarde se agudizó con la instalación de la megalítica F.E.F.A.S.A.. A este respecto, la familia Nieva, que precisamente tenía un de sus plataformas más importantes de pesca en "el Cañal", muy cerca de la fábrica, pronto se dio cuenta de que iba desapareciendo parte de la flora del Ebro y como disminuía apreciablemente el número de sus capturas. Como todo el mundo sabe, a esta instalación industrial han seguido otras muchas, colocadas siempre en los aledaños del río Ebro. En opinión de los pescadores, las últimas obras de dragado y limpieza del Ebro, aunque tengan una repercusión positiva sobre el aspecto de limpieza de esta arteria fluvial, no cabe duda que también han repercutido negativamente sobre el contingente de peces, al haber desaparecido una gran cantidad de los remansos y pequeñas corrientes producidos por los islotes antes existentes; precisamente los "hábitat" más idóneos para sus antiguas capturas. En la actualidad, aunque sigue existiendo, pese a todos los problemas, una considerable cantidad de peces, y a que en opinión de nuestros pescadores siguen siendo comestibles, es indudable que la gente "sospecha", tiene miedo, de una posible contaminación. Este, si se permite la expresión, "desprestigio" de los peces de río, es sin duda una de las piezas claves que explican la desaparición de esta tradicional y secular actividad pesquera en los río de Miranda de Ebro.