


| Miranda Trágica (Dedicado a los "JÓVENES TURCOS") |
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Autor: Juan Fernández (1.909) Descarga: Miranda Trágica (Dedicado a los "JÓVENES TURCOS") (13.54 kB)
MIRANDA TRAGICA (DEDICADO A LOS "JOVENES TURCOS")* Juan Fernández** La excepcional situación topográfica y estratégica que ocupa Miranda ha sido la determinante del importantísimo papel que desempeñó siempre en nuestras luchas internacionales y civiles; convirtieron aquellas a este pueblo en constante campamento de tropas y teatro de no pocos hechos históricos de transcendental importancia, pero difíciles de reconstruir, a pesar de los muchos datos conservados en sus archivos municipales. Entre aquellos memorables hechos merece especial atención LA MUERTE DEL DESVENTURADO GENERAL CARLISTA DON MANUEL CARNICER, por las fatales consecuencias históricas que a aquel hecho sucedieron. Con la venia del teniente coronel comandante militar de esta plaza, he registrado también el archivo de esta plaza, he registrado también el archivo de esta Comandancia, pero el primer legajo corresponde al año 1839, posterior a los sucesos que vamos a relatar. El día 20 de diciembre de 1831, partía del Maestrazgo, acompañado del comandante García y de María "La Albeitaresa", mujer de rara hermosura, resuelta, perspicaz y fervorosa carlista, el entonces coronel don Ramón Cabrera, con el encargo de conferenciar en Navarra con el pretendiente don Carlos María Isidro de Borbón, y entregarle pliegos reservados del comandante general de aquella región don Manuel Carnicer. Tras no pocos peligros y vicisitudes, regresó Cabrera de su expedición, avistándose con Carnicer en una masía situada entre Ladriñán y Villarluengo, en la provincia de Teruel, en la que pernoctó el que esto escribe en el año 1875. Abiertos por Carnicer los pliegos reservados que Cabrera traía del Cuartel Real de don Carlos, le dijo: "manda S. M. que entregue el mando al jefe de más graduación y que me presente en Navarra a recibir sus soberanas instrucciones. Mañana será usted dado a reconocer como jefe Artículo publicado en "La Rioja" en el mes de junio de 1909 (XXI - 6341/6343 - 18/20 Junio). Trabajo localizado por Ramón Ojeda San Miguel. ** Don Juan Fernández, además de militar de carrera, cuyas funciones desempeñó durante muchos años en Miranda, oriundo de Poza de la Sal, fue el primer autor en escribir una obra dedicada a la fiesta de San Juan del Monte. * accidental de todas las fuerzas que operan en el Bajo Aragón y confines de Valencia y Cataluña". Al día siguiente emprendía la marcha Carnicer, acompañado también del comandante García, a quien profesaba singular estimación, por haber servido juntos en el regimiento de Reales Guardias Valonas; en Lorca, donde se disfrazaron de arrieros tratantes en garbanzos, se les unieron el comandante de caballería carlista Manero, que estaba allí oculto, curándose de recientes heridas, y un arriero de aquel punto llamado Ibañez, y con una recua de diez mulos prosiguieron los cuatro su viaje, pernoctando en una posada próxima a Burgos, en la que en la última guerra civil fue muerto el célebre carlista burgalés Nicolás Hierro. Hubieron allí consejo sobre el itinerario que debían seguir hasta el peligroso paso del Ebro. García, Manero e Ibañez eran partidarios de que debían marchar por la Brújula y páramo de Poza de la Sal, donde, según noticias, esperaba el cura carlista don Jerónimo Merino, quien podía ampararles hasta pasar el Ebro por Reinosa. No fue de esta opinión Carnicer, y emprendieron el camino más corto por la carretera general, en dirección a Miranda. Su marcha era ya conocida, pues cerca de Pancorbo encontraron un cabo y cuatro soldados de caballería, que sin sospechar quiénes eran les saludaron con las pocas tranquilizadoras palabras de ¡Muera Carnicer! Siguió éste impávido en su macho, mientras García y los otros disimulaban su emoción dando de beber al resto de la recua. Al llegar al puente de Miranda, los centinelas les pidieron los pasaportes, y vistos, les franquearon el paso; pero en la Venta del Huevo, donde se proponían descansar, encontraron una patrulla de carabineros los que, exigiéndoles de nuevo los pasaportes, les dijeron no iban bastante autorizados para pasar a las provincias Vascongadas. Encontrábase entre los carabineros un corneta apellidado Morillo, que en seguida reconoció a Carnicer por haber servido en su misma compañía en el regimiento de Reales Guardia Valonas, quien después de prevenir a sus compañeros corrió a Miranda y dijo al oficial de guardia del puente: "El Garbancero lleva en la cara un pañuelo pretextando una fluxión de muelas: si, descubierto, tiene un lunar en la mejilla derecha, no me cabe duda de que es mi antiguo capitán". Pocos momentos después el oficial de carabineros decía al infortunado Carnicer: "Descúbrase usted la cara: ha venido usted a dar en las manos de sus mayores enemigos", a la vez que le enseñaba un oficio que, textualmente decía: "Por uno de los vados del Ebro o puente de Miranda deberá pasar Carnicer vestido de arriero, con otro. ¡Vigilancia! ¡vigilancia!, ¡redoblar la vigilancia!" Tan precisas instrucciones dieron lugar a que se atribuyese al mismo Cabrera un secreto anónimo en el que prevenía a las autoridades de la Reina del disfraz e itinerario de Carnicer para deshacerse de él y sucederle en el mando del ejército carlista del Maestrazgo; pero sería una ligereza imperdonable admitir como verídico un rumor sin pruebas, perdido en las nebulosidades de aquellas tristes páginas de nuestra historia. Conducidos Carnicer y sus compañeros al Castillo de la Picota, fue aquél puesto en capilla en un calabozo subterráneo, cegado hace cuatro años, cuando la destrucción de aquel, donde le prestaron sus auxilios espirituales durante la noche dos frailes franciscanos del vecino convento, hoy propiedad de la Comunidad Religiosa de los Sagrados Corazones. A las ocho de la mañana del siguiente día 6, de abril de 1835, salía maniatado del castillo el general Carnicer entre los franciscanos que le habían acompañado en su tristísima y última noche; tras él formaba una compañía de infantería. El vecindario de Miranda cerró horrorizado sus puertas y ventanas para no presenciar el paso de la lúgubre comitiva, que no llevaba tras de si más acompañamiento que una inconsciente turba de niños, entre los que figuraba un antepasado del que esto escribe y a quien debe estos tristes y últimos detalles que se grabaron en su infantil imaginación con endebles caracteres. Marcha el general Carnicer al suplicio, sereno, resignado y altivo, sin afectación; formóse el cuadro dejando la cara abierta contra la tapia del convento de monjas Agustinas que da frente al río Bayas, después que le vendaron los ojos, arrodillóse de espaldas a la tapia, y con voz entera suplicó al pelotón de soldados que avanzaba para disparar le apuntaran al pecho para no hacerle padecer. Pasó un tremendo instante y la masa encefálica del noble y pundonoroso caballero fue a estrellarse en mil pedazos contra la pared del convento. A las doce de aquella noche y sirviéndole de sudario una manta del Hospital donde fue depositado su cadáver, se perdía para siempre en la fosa común de este cementerio el recuerdo del desventurado general carlista don Manuel Carnicer. A los tres días del fusilamiento, y como triste epílogo de aquél, se suicidaba el corneta Morillo cerca de la Venta de Antepardo, donde estaba de servicio. Las consecuencias del tristísimo hecho que relatamos, fueron espantosas; muerto el caballeroso Carnicer, que mientras fue comandante general del Maestrazgo procuró humanizar aquella guerra fratricida dentro de sus crueles y naturales contingencias, sucedióle en aquel mando don Ramón Cabrera, que con el fusilamiento en Fresneda de los infelices alcaldes de Torrecilla y Valdealgorfa y la orden al cabecilla Torner de dar cien palos a cuantos paisanos condujeran partes del ejército liberal, inició una bárbara y cruel serie de represalias que se desencadenó furiosa anegando en oleadas de sangre todo el Maestrazgo. Esta llegó al paroxismo álgido del horror con el fusilamiento en Tortosa de doña María Griñó, madre del general Cabrera, ordenado por el comandante general del Bajo Aragón don Agustín Nogueras: a éste siguió la orden general de Cabrera fechada en Valderrobies el día 20 de febrero de 1836 cuya lectura, pone espanto en el ánimo, y en cuyo artículo tercero dispuso se fusilara inmediatamente a la señora del coronel don Manuel Fontiberos, gobernador militar de Chelva; a doña Cinta Fons, doña Mariana Guardia y doña Francisca Urquiza, que se hallaban prisioneras de guerra, y hasta el número treinta, para expiar el fusilamiento de su madre. Estas inauditas hecatombes tuvieron triste y deshonrosa resonancia para España en todas las Cortes europeas y hacían exclamar indignado a Lord Aberdeen en la Cámara de los Comunes en la sesión del 18 de marzo de 1836: "El carácter de la guerra en España es tal que avergonzaría a los pueblos más bárbaros y salvajes". ........................................................... Paso muchos días por el solitario sitio donde cayó muerto aquel infortunado caballero y me duele no haya una cruz que recuerde aquel luctuoso hecho, honor concedido en todos los pueblos cultos al mísero viandante a quien mató un rayo en pleno campo, y hasta al criminal que fue detenido por un guardia civil. A vosotros, los "Jóvenes Turcos" y a los del bloque liberal de Miranda dedico este artículo: remediad con cristiana iniciativa este imperdonable olvido; abrid una suscripción para que se alce una modesta cruz en el sitio donde fue fusilado el general Carncier, y, por si cuaja entre vosotros mi pobre idea, os brindo esta dedicatoria: "A la memoria del infortunado general carlista don Manuel Carnicer, fusilado en este sitio el día 6 de abril de 1835, dedican este piadoso recuerdo los liberales de Miranda de Ebro, Paz a los muertos". Os parecerá todo esto irregular, falto de lógica, paradójico y hasta insensato; pero pensad que el amor y la caridad, la paz y el olvido, son los grandes ideales del liberalismo moderno, digan lo que quieran los que constantemente la anatemizan y condenan como grave pecado. Juan Fernández. Corral de Santorcaz (Miranda de Ebro). Junio de 1909.
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