Instituto Municipal de Historia

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Vascos y ferrerías de viento en los alrededores de San Juan del Monte E-mail

Autor: RAMON OJEDA SAN MIGUEL.

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Vascos y ferrerías de viento (haizeolak) en los alrededores de San Juan del Monte Ramón Ojeda San Miguel O. INTRODUCCIÓN El objetivo de este pequeño trabajo es plantear, y desarrollar en la medida de las posibilidades que proporcionan las fuentes y restos del paisaje, la siguiente propuesta: los vascos llegaron hasta tierras mirandesas en los inicios de la repoblación medieval, mucho más que persiguiendo zonas en donde desarrollar actividades agrarias, en busca de posibilidades para seguir practicando su gran especialidad económica, la siderurgia1. La mar y el hierro han sido durante muchos siglos las principales bases de la economía del País Vasco. Únicas formas de las que sus habitantes se valieron para intentar superar la acusada pobreza agrícola de la tierra. Hasta el punto de convertirse ambas actividades en auténticas señas de identidad del mundo vasco, superando lo meramente económico. Aunque los primeros vestigios empiezan a surgir en el siglo VI a. C., parece bastante claro y contrastado que fue a partir del IV a. C. cuando el conocimiento técnico de la actividad siderúrgica se expandió decididamente en suelo vasco. Pero, luego, aquí como en otras muchas regiones europeas, la caída de la civilización romana supuso la llegada de un gran retroceso 1 Sin ningún tipo de dudas, el origen de estas cuartillas es deudor del espléndido artículo, en el que aparecen plasmadas con gran rigor y originalidad muchas de las propuestas que iremos desglosando, del profesor José Ángel García de Cortazar: Medio natural e historia medieval: Miranda de Ebro y su entorno (siglos VIIIXVI), en El medio natural en la España medieval. Actas del I Congreso sobre ecohistoria e historia medieval, Universidad de Extremadura, 2001, pp. 105-139. . 1 económico y técnico. La cultura material vasca se replegó y refugió entorno a las actividades de montaña: ganadería, aprovechamiento de los recursos forestales y en la celosa conservación de los secretos de la elaboración del hierro. Allí, entre montes y bosques, comenzó una auténtica leyenda de artesanos que durante largas generaciones se pasaban de padres a hijos mágicos manejos que permitían obtener el preciado hierro. Elena Legorburu ha sintetizado perfectamente el ambiente que rodeaba a aquellos primitivos ferrones: “La reserva de las operaciones de fusión y forja, que ni siquiera dominaban ni comprendían, debió conferirles un gran poder. Sus prácticas se veían envueltas en el secreto y el misterio. Hasta el siglo XIV este exclusivismo les retrata como una “casta mal definida”. El oscurantismo que les rodeaba inspiró mitos y fábulas que engrosaron la cultura popular indoeuropea. Las maravillas del arte de aquellos seres, tan sólo por ellos conocidas, les hizo merecedores de leyendas. Muchas de ellas han sobrevivido y han pasado a integrar el bagaje mitológico de la cultura vasca. El velo de magia que enturbiaba la figura de los ferrones se tiñe en ocasiones de un cierto cariz de condena religiosa. Se les identifica con los “gentiles” reacios a la evangelización; o con el propio demonio (“Señor de los bosques” o “basajaun” en persona). Los gentiles, como ya han advertido Azkue y Barandiarán, aparecían caracterizados como salvajes de gran fuerza. Vivían aislados de la sociedad, en montañas o parajes alejados. Se refugiaban en casas o cuevas. La denominación “gentil-oleak” por la que se conocen tradicionalmente las ferrerías de viento alude a su 2 antigüedad, y nos trae reminiscencias de épocas anteriores a la cristianización del País Vasco”2. 1. FERRERÍAS DE VIENTO Dentro de lo que se ha dado en llamar en términos de historia de la técnica el método directo, sin auténtico proceso de licuación, el hierro antes de que se supiera aplicar la energía hidráulica se obtenía en las denominadas ferrerías de altura, masuqueras, de viento o “haizeolak”. Se trataba de rudimentarias instalaciones ubicadas en las montañas, junto al combustible de la madera, muy cerca de pequeñas corrientes de agua y de algunos afloramientos de mineral. Como es lógico, el trabajo en todos los ordenes era puramente manual. El elemento fundamental de aquellas primitas ferrerías de montaña estaba en los pequeños hornos, con no más de dos o tres metros de altura y orientados siempre hacia los vientos dominantes en la zona. En algunas ocasiones a buen seguro serían estructuras semienterradas y con un diámetro de no más de un metro. Triturado el mineral y bien desmenuzado, se introducía en el horno con capas alternas de madera. Allí comenzaba la combustión, con la ayuda de la inyección de una pequeña corriente de aire proporcionada por rudimentarios fuelles de piles de cabra o de oveja, y el óxido de hierro iba perdiendo oxígeno, aunque nunca llegara a fundirse al no alcanzar temperaturas superiores a los 600/850 grados centígrados. En el fondo del horno se iba formando una masa esponjosa, técnicamente conocida como “zamarra” o “goa”, en la que pequeñas partículas de hierro metálico se mezclaban con grandes cantidades de escoria. Por eso, y aquí aparece de nuevo el trabajo y pericia manual de los primitivos ferrones, la zamarra tenía Legorburu, E., La Labranza del Hierro en el País Vasco. Hornos, ruedas y otros ingenios, Bilbao, 2000, p. 47. 2 3 que ser golpeada y maceada en caliente: así se conseguía que el hierro se compactara y que las escorias se desprendieran3. En esencia, pues, el proceso de obtención de hierro en las primitivas ferrerías medievales de monte y viento, tal como muy bien ha compendiado el profesor Corbera: “(...) consistía en liberar el metal del mineral que constituye la forma en que se presenta en la naturaleza y que generalmente es un óxido o hidróxido mezclado con diferentes gangas. Dicho proceso necesitaba de tres elementos: calor, aire y un reductor cuyo papel era liberar el oxígeno de los óxidos. El mejor reductor para este propósito es el carbono que se encuentra abundantemente en la leña; al cocer el mineral en contacto con este combustible el carbono captura el oxígeno desprendiéndose en forma de CO2 y libera el hierro, que se agrupa en el fondo del crisol mezclado con abundantes escorias... El aumento de la temperatura en el horno constituyó pues uno de los objetivos claves del avance técnico y dependía absolutamente de dos factores: la insuflación de aire y el poder calorífico del combustible. En sus formas más antiguas, los hornos de las ferrerías se emplazaban en las laderas de los montes, orientados a los vientos dominantes para favorecer la combustión y utilizando como combustible la leña directamente. Dado el escaso poder calorífico alcanzado con tales técnicas la producción era reducida y, dado que el maceo debía hacerse a mano, su calidad era limitada. El sistema se perfeccionó al controlar la técnica del carboneo (...). Según Braudel, la generalización del uso del carbón 3 Arbide, I. y otros, Ferrerías de Legazpi, San Sebastián, 1980, y Laborde, M. “Euskaldunak: La etnia vasca”, Etor, San Sebastián, 1976. 4 vegetal en la siderurgia europea no se produciría hasta los siglos XI y XII, es decir, ya en plena Edad Media”4. 2. LLEGADA DE VASCOS AL ACTUAL TERRITORIO MIRANDÉS Los alrededores más próximos de lo que hoy es el casco urbano de Miranda de Ebro, tal como ponen de manifiesto diferentes investigaciones arqueológicas nunca en los primeros siglos medievales estuvieron totalmente despoblados. Sin embargo, si resulta evidente que constituían una zona con bajo nivel de poblamiento, con un territorio en un principio muy poco apto para el desarrollo inmediato de prácticas agrarias y, sobre todo, muy insalubre por la gran cantidad de charcas y áreas pantanosas existente. Pero, pese a todo, a partir con bastante claridad del siglo IX empezó a recibir gentes y montañeses del norte. En lo que podemos considerar las montañas de la primitiva Castilla y del País Vasco la población estaba creciendo, a la vez que se producían importantes transformaciones en la organización social e institucional. Aquellas gentes, en un claro proceso de repoblación, empezaron a bajar hacia latitudes más meridionales, buscando nuevas zonas de asentamiento. Cuando llegaron a las cercanías de Miranda, muy probablemente se encontraron con una diminuta aldea situada y colgada en la cima del cerro de la Picota, que “miraba” con auténtico pánico hacia el norte, contemplando las inmensas orillas del poderoso Ebro llenas de charcas, vegetación y de cientos de cañaverales, y cuyas reducidas prácticas agroganaderas se desarrollaban en su lado sur. Castellanos y vascos buscaban poder cruzar el gran río a través de primitivos sistemas de naves o barcazas, o por algún vado con pedregales que consintiera en épocas sin crecidas un paso fácil. 4 Corbera Millán, M., La Siderurgia tradicional en Cantabria, Oviedo, 2001, pp. 9 y 10. 5 Precisamente, y es lo que ahora a nosotros más nos interesa, los vascos alaveses empezaron a traspasar el Ebro vadeando el trayecto comprendido entre Arce y Zambrana. El profesor J. A. García de Cortazar de nuevo ha planteado de forma magistral aquel fenómeno: “En cuanto a los topónimos de origen vasco de la zona, es preciso destacar la aparente paradoja de que la escasísima toponimia vascuence no se localiza al norte sino al sur del Ebro. En su momento, ya lo advirtió Luis Michelena. Ello, y el hecho de la presencia de Vela Jiménez, conde de Álava, defendiendo Cellorigo en el año 883 frente al ejército cordobés, abona la idea de que los alaveses debían cruzar el Ebro por el vado de Revenga o por Abbeica (Avecha, en Zambrana, según un documento de 1101), topónimos incluidos en las Crónicas de Alfonso III como lugares “despoblados” por Alfonso I. En el primer caso, seguirían por Baraduri; en el segundo, por Ircio, para ascender hasta Olaherrea (=en vascuence, ferrería quemada), en las proximidades del lugar en que hoy se alza la ermita de San Juan del Monte y, rebasando la línea de cumbre, llegarían a la vertiente riojana de los Obarenes. Allí dejarían su impronta en topónimos como Galbarruli, Sajazarra y Fonzaleche. Y, desde estos núcleos, los alaveses seguirían extendiéndose por todo el curso del río Tirón, donde, entre otros, dejaron nombres como Atamauri, Cihuri, Ochanduri, Velascuri, Herramelluri. En todos los casos, salvo Sajazarra y Fonzaleche (aunque aquí etxe podría tener un significado semejante), nos encontraríamos con el sufijo vasco uri equivalente al “villa” latino o romance, unido a un nombre de persona, de un posesor”5. 5 García de Cortazar, ob. cit., pp. 113 y 114. 6 3. LA ACTIVIDAD FERRONA ENTRE SAN JUAN DEL MONTE Y SAN MIGUEL Los alaveses, aunque pueda resultar a primera vista chocante, fueron en los primeros siglos medievales los grandes especialistas vascos en la fabricación de hierro. Llegaron, cruzando el Ebro por Revenga o por las inmediaciones de Zambrana, a la zona meridional mirandesa; toda el área comprendida entre Ircio, Herrera, San Juan del Monte y San Miguel de la Morcuera6, lo que los documentos siempre han llamado los “Montes de Miranda”, y allí comenzaron a desarrollar sus acreditados conocimientos siderúrgicos. Desgraciadamente, las referencias documentales que han quedado al respecto, hasta el momento, son muy escasas. Un reputado documento, conocido como “La Reja de San Millán de la Cogolla”, fechado en el año 1025, pero empezado a elaborar un siglo antes, que reclamaba el pago en forma de bueyes a vizcaínos y guipuzcoanos y en hierro a los alaveses, incluye cinco aldeas mirandesas en la nómina de Álava: Bayas, Ircio, Revenga, Olharrea y Bardauri. Estas aldeas, algunas de ellas auténticos despoblados después, “aparecen incluidas en la relación de los pueblos alaveses 6 El Morcuri vasco de los primeros documentos. 7 que debían un censo en hierro al monasterio emilianense”7. Bastantes siglos después, acabando el XV, el Conde de Salinas, cuya familia durante tantos años se enseñoreó por la comarca mirandesa, pleiteaba con los concejos de Zambrana, Santa Cruz del Fierro y Berantevilla a causa de diversos aprovechamientos. Pues bien, en el documento, conservado en la Chancillería de Valladolid, se indicaba que en los Montes de Miranda, al límite con la actual Rioja, se extraía con cierta asiduidad mineral de hierro, muy cerca de los límites con el bosque. Incluso, añadido al documento escrito, aparece un dibujo esquemático dentro de un mapa en el que se puede apreciar a varios individuos sacando mineral de hierro en el monte con esta inscripción textual: “Sacan la vena desta sierra del Conde de Salinas e pasanla por Ebro para llevarla a las herrerías”8. Como decíamos, por ahora, estas son las evidencias escritas que sobre la actividad siderúrgica y minera en los montes cercanos a la villa de Miranda de Ebro han quedado. Sin embargo, todavía quedan dos caminos para poder constatar y calibrar la presencia de la misma: la aproximación a la toponimia y el estudio de los posibles restos físicos de la actividad. Sin ningún tipo de dudas, la toponimia es una preciosa herramienta para el estudio de un territorio. En un gran número de ocasiones suele suministrar abundante información para poder calibrar de alguna manera los procesos de transformación de un espacio-territorio concreto. Es verdad que la toponimia tiene una clara configuración interdisciplinar: requiere de la historia, la geografía y la lingüística; pero, aunque en este caso el análisis no puede llegar a grandes profundidades multidireccionales, no cabe duda que en los nombres de los lugares y términos se encuentra una enorme carga de “memoria colectiva”. A pesar del inevitable cambio geográfico y lingüístico con el paso de los siglos, los topónimos proporcionan al historiador una información de gran relieve. García de Cortazar, ob. cit,, p. 112. Archivo Real Chancillería de Valladolid, Pleitos civiles, Es. F. Alonso, C. 995-1, leg. 198 y García de Cortazar, ob. cit., p. 124. 8 7 8 Si hacemos un toporama de la zona comprendida entre la orilla derecha del río Ebro, en la que el centro de referencia principal sería la localidad de Ircio y los montes y áreas cercanas a San Juan del Monte y San Miguel, enseguida podemos constatar la gran cantidad de nombres de raíz vasca y las numerosas referencias, directas o indirectas, a la economía ligada directamente a la presencia del bosque y a la siderurgia prehidráulica. Dejando a un lado las denominaciones poco claras o que no aluden al tema que ahora nos interesa, podemos elaborar una lista ciertamente interesante. Tal como al principio del trabajo he planteado, entre los siglos IX y XI la comarca mirandesa empezó a recibir gentes del norte, primitivos castellanos y vascos de Álava, por lo que es razonable pensar que, y así parece indicarlo la propia toponimia, en la zona que más en detalle estudiamos y La Rioja más contigua se hablara el romance junto a la lengua vasca. De ahí que en las denominaciones aparezcan orígenes lingüísticos diferentes, aunque con más abundancia de los vascuences; y que en estos últimos se noten con el paso de los años deformaciones y el paulatino dominio de una población cada vez más ligada al idioma castellano. Pero vayamos ya a enumerar y presentar los topónimos más significativos. En las cercanías del Convento de Herrera (la propia denominación ya nos está poniendo de relieve la existencia de la vieja actividad siderúrgica) existe una altura conocida popularmente como Mendierrea, cuyo significado en euskera bien podría ser el de 9 “monte quemado”. También en las proximidades de Santa María de Herrera se denomina a una cuesta como Carbonera y a otra el Hornillo. Partiendo de que en el idioma de los vascos, en opinión de los lingüistas, el topónimo consta de dos elementos, el genérico que identifica el nombre con la entidad geográfica, y el elemento más específico que lo identifica de forma más particular, muy cerca de Ircio, el viejo Irzu de los documentos, existe un término rural llamado Basauri, que bien pudiera ser interpretado como “villa del monte o del bosque”. Entre la Picota y las cercanías de Orón, encima de “Fuente Sauce” y a la derecha de la carretera que sube desde Miranda a San Miguel, muy cerca de la vieja tejera, existe un término conocido como Basaurre, que bien pudiera ser una deformación de basoerre, cuyo significado en vacuence es “rodal del monte consumido por el fuego”. A la raya con Basaurre se encuentra otro término, hoy llamado por los campesinos y en las escrituras notariales Olligre, que en opinión de F. Cantera Burgos, gran conocedor la de la geografía histórica de Miranda de Ebro y la persona que más estudió los viejos libros de las mojoneras, es la deformación de Olaherrea, la vieja aldea, luego despoblada, que aparece en el documento de la Reja de San Millán9. El significado de la palabra en euskera es muy claro: ferrería quemada. Entre Badauri y el camino que sube a la Laguna de San Juan del Monte se ubica el término de Herreduela o Herreruela, haciendo una clarísima alusión, una vez más, a la vieja actividad de los ferrones. De forma muy ajustada Cantera Burgos señala que en tiempos medievales allí estuvo enclavado el pequeño monasterio de San Martín de Ferreruela (otras veces denominado en los documentos San Martín de Herreruela o San Martín de Ferrera). Además de mandar repetidos y directos mensajes sobre el mundo del laboreo del hierro, la propia advocación de San Marín nos abre otra línea de reflexión sumamente ilustrativa. 9 Cantera Burgos, F., Fuero de Miranda de Ebro, Burgos, 1980, reedición. 10 Legorburu, siguiendo a otros muchos especialistas vascos en la materia, ha señalado, al hablar sobre la cristianización de los gentiles que “La difusión de los métodos siderúrgicos se asocia, en otras ocasiones, a San Martíntxiki. Este personaje, mediante su ingenio, habría conseguido arrancar del “basajaun” o “señor de los bosques” los secretos de la técnica del hierro: la soldadura a calda, la confección de sierras... El santoral recoge hasta seis San Martín anteriores al siglo X. Entre ellos figura el Obispo de Tours, cuya devoción en el País Vasco ha sembrado el paisaje de ermitas bajo su advocación. Parece ser que la advocación a este santo penetró en territorio vasco por el Camino de Santiago, como lo hicieron muchos de los avances metalúrgicos. La iconografía medieval no relaciona su figura con esta actividad. Los retablos románicos y renacentistas no lo adornan con los atributos del gremio que se acoge a su protección, el de los herreros. Es en los siglos posteriores cuando comienza a fundirse placas (“su-atzekoak”) alusivas en los que se rodea al santo de emblemas férricos”10. A pesar de que todavía quedan muchas lagunas sobre la cuestión, no cabe duda que la advocación de San Martín está ligada a la cristianización del mundo de los antiguos ferrones vascos. Pues bien, el hecho de que en las estribaciones de los montes mirandeses de San Juan exista un monasterio llamado San Martín de Ferreruela, corrobora en su doble acepción de San Martín y ferreruela o herreruela, la existencia de prácticas siderúrgicas. Pero hay más. Muy cerca de la ruta utilizada por los vascos al cruza el Ebro por Revenga y Zambrana, en las localidades de Estavillo y Lacorzana los 10 Legorburu, pp. 47 y 48. 11 templos parroquiales también están bajo la advocación de San Martín. En zona de bosques, en Bujedo existió otro San Martín del Rebollar. Mucho más ilustrador es el caso de la propia Miranda: detrás de la Picota existe hoy todavía un término rural rotulado como Campo de San Martín. Antes de que surgiera la primitiva parroquia de Santa María de Altamira en el cerro de la Picota, más hacia el sur se levantaba el templo de San Martín, uno de los primeros mirandeses. Al perecer era un iglesia que, mucho más que hacia el actual casco antiguo de la ciudad, miraba precisamente hacia la zona de montes, Bardauri y Olharrea: el núcleo de la actividad siderúrgica. Aunque hoy a punto de desaparecer por la actividad voraz de una cantera de áridos, en las proximidades del Campo de San Martín, de la desaparecida aldea de Olhaerrea y de Bardauri11 se erige el Alto de la Tala, con su profundo mensje maderero, de viejo aprovechamiento forestal y de combustible. El último recurso, que teóricamente nos queda, para poder seguir rastreando la presencia de ferrerías de viento en época medieval es el del análisis de los posibles restos físicos. En esta cuestión sería conveniente volver a recordar las necesidades que tenían las ferrerías de viento: emplazamiento cercano a los yacimientos metalíferos; abundantes bosques contiguos que garantizaran la presencia del combustible, primero únicamente madera y luego carbón vegetal; salvando posibles cresterías cercanas, una fácil orientación hacia los vientos dominantes, para que las corrientes de aire facilitaran el proceso de combustión y reducción; y, finalmente, regatos y torrenteras próximas que facultaran el uso sin problemas del agua. Es muy posible que el significado de Barduri sea en vascuence “villa junto a las ramillas”, haciendo referencia también a la vieja cercanía de la aldea con zonas de bosque. 11 12 En las épocas a las que nos estamos refiriendo, cuando hablamos de yacimientos metalíferos no hay que pensar en prospecciones mineras técnicamente desarrolladas, sino más bien en el aprovechamiento casi superficial de pequeños afloramientos de óxidos de hierro realizado de forma muy rudimentaria con sencillos picos y palas. En prácticamente todas las laderas de los montes que van desde Herrera, pasando por San Juan del Monte, la Calera, Herreruela y San Miguel, se puede observar a simple vista como a ras del suelo la tierra tiene una tonalidad rojiza fruto de la mezcla de arcillas y óxidos de hierro. Siempre han sido explotadas diferentes canteras en la zona. De ahí la presencia de diferentes caleras y tejeras desde tiempos medievales. Pero, sin duda, también se ha buscado en muchas ocasiones y tiempos mineral de hierro. A este respecto, todavía en el año 1892 Teodoro Sáez al describir los montes de San Juan decía: “También existen en este monte minas de hierro, que aunque algunos mirandeses han querido explotarlas, no han dado resultado por los muchos gastos que les ocasionaban”12. Si partimos del hecho bien contrastado de que en la mayoría de las ocasiones las ferrerías medievales utilizaban óxidos de hierro en forma de hematitas, que en nuestra zona de análisis aparecen superficialmente mezclados con otros materiales en formaciones terrosas de ocre rojo, es posible que buena parte de la explicación de 12 Sáez, T., Reseña histórica de Miranda de Ebro, Vitoria, 1892, p. 76. 13 lo que ocurría esté en la apreciación técnica hecha a mediados del siglo XIX por P. C. Espinosa: “Cuando las arcillas contienen cierta cantidad de óxidos u sulfuros metálicos y sales, como el carbonato de cal, entran en fusión fácilmente; el óxido de hierro produce un color amarillento o rojizo”13. Es, por tanto, muy probable que la explotación y aprovechamiento de los abundantes óxidos de esta zona mirandesa no fuera demasiado complicada: fácil extracción superficial en muchos lugares y relativa sencillez en el trabajo de las ferrerías, pues algunas de las impurezas, caso de la caliza, podían operar como fundentes facilitando el proceso de reducción14. Es verdad, como acabamos de decir, que el mineral se extraía en multitud de pequeñas excavaciones; pero debió existir una zona, o prospección, de mayor calibre: muy probablemente el paraje conocido con el nombre de Los Terreros. Entre el camino rural de Basaurre y Vallondo, muy cerca de Olligre (Olhaerrea), existe una gran quebrada en el terreno en la que se aprecia fácilmente una particular riqueza de óxidos de hierro y un explotación en forma de pequeña cantera a buen seguro casi milenaria. Su tamaño, riqueza, certeza de la extracción de arcillas hasta hace menos de un siglo, y la ubicación del bosquejo de los mineros que aparecen en el comentado dibujo de la Chancillería del siglo XV así paren corroborarlo. Finalmente, el hecho de que la explotación se encuentre prácticamente en la orilla del camino y carretera que sube a San Miguel desde Miranda y Bardauri debió permitir un traslado fácil y rápido del mineral. El mineral en la elaboración tradicional del hierro, en función de que es un elemento muy abundante en la naturaleza, era relativamente fácil de obtener. Sin embargo, mucho más que el mineral, aquella 13 Espinosa, P. C., Manual de construcciones de albañilería, Madrid, 1859, edición facsímil, Madrid, 1991, p. 171. 14 Técnicamente se entiende por “fundente” a aquellas materias que reaccionan en el proceso siderúrgico con la escoria y logran bajar su punto de fusión, con ello se aumenta notablemente la fluidez. Sin duda, el fundente más popular y utilizado hasta la actualidad es la caliza natural. 14 primitiva actividad siderúrgica se basaba en un intensísimo consumo de combustible. Dicho de otra forma: las ferrerías masuqueras necesitaban mucha más madera que mineral. En términos de racionalidad económica resultaba más interesante estar cerca del combustible y no tanto de la mena. Sin duda, tal como indican multitud de documentos y la propia observación del terreno, los Montes de Miranda siempre han estado dotados de una rica masa forestal (carrascos, encinas y robles). Los bosques mirandeses hasta bien entrado el siglo XVIII ocupaban una extensión de terreno bastante más considerable que en la actualidad; llegaban hasta muy cerca de la carretera que desde la Villa se dirigía a Haro por Ircio. Utilizando un verdadero arsenal de pequeños senderos de montaña (caminos de la Laguna, Hornillo, los Valles, Villalba, Portillo, Rampazas y del Campazo), los ferrones debieron ir levantando de forma itinerante los hornos junto a los tupidos bosques, en un intenso proceso de tala, rameo y trasmochado de los árboles; primero sirviéndose directamente de la leña, y a partir de los siglos XI y XII de la elaboración en piras de carbón vegetal. Mineral relativamente abundante, de fácil extracción y transporte no demasiado dificultoso y a distancias cortas, como vamos viendo, un frondoso y bien dotado bosque, y, además, muy buenas condiciones de aireación para que la propia combustión y reducción del mineral dentro de los pequeños hornos tuvieran lugar con garantías de éxito. Es seguro que en el proceso los antiguos artesanos del hierro se valieron de rudimentarios fuelles de accionamiento manual, pero la ventilación natural, sin duda, era la decisiva. En este caso las condiciones de los montes de Miranda eran inmejorables: las laderas prácticamente están orientadas sin apenas obstáculos hacia el valle del Ebro, de forma que reciben los vientos sin obstáculos. La ubicación de las ferrerías haizeolak frente a las corrientes de aire en los montes mirandeses no presentaba problemas. 15 Por último, en las cercanías de los hornos necesaria era también la presencia del agua. La explicación es una vez más bastante sencilla: el líquido era empleado en las posibles operaciones de temple, pero sobre todo usada por los ferrones en repetidas ocasiones a lo largo del proceso de “fundición” (se echaba agua sobre las brasas de la madera y carbón vegetal para aumentar la potencia calorífica y ayudar así al desencadenamiento de la reacción química de la reducción de los óxidos minerales). Es incuestionable que la abundancia de fuentes y manantiales (caso, por ejemplo, del manantial de las Cárcavas, fuente de Santa Olalla15 y de San Juan), arroyos (San Miguel, Herrera y San Juan) y la propia laguna o charca de San Juan del Monte aseguraban sin problemas la presencia y uso de preciado líquido. En última instancia, tampoco deberíamos olvidarnos del propio mercado del hierro en la época. Parece muy lógico pensar que el proceso de colonización de toda la comarca tuvo que traducirse en un aumento de la demanda de hierro para la fabricación de aperos de labranza. E, incluso, por lo menos al principio, la cercanía de la divisoria militar con los musulmanes, piénsese en las líneas de defensa entorno a los cercanísimos montes de Cellorigo, significaría también mayores necesidades de hierro a la hora de fabricar armas. Como hemos podido ir viendo y comprobando, todos los elementos requeridos potencialmente para la primitiva obtención y elaboración del hierro dulce se daban en nuestro montes. Sin embargo, a excepción posiblemente del yacimientos de Los Terreros, físicamente no han quedado signos o restos de la actividad. Lo que no deja de ser algo más que predecible. En otras zonas, espacialmente en muchos montes del País Vasco, el único resto de las ferrerías masuqueras que ha quedado son montones de escorias. Aquí, por el momento, después de muchos paseos y caminatas, no he dado con nada similar. Pero esto, lejos de ser un punto en contra de 15 En castellano Santa Eulalia. 16 nuestra propuesta, parece algo lógico y natural: los montes mirandeses en menos de un siglo han sufrido multitud de variaciones e intervenciones humanas. No hay más que recordar la gran cantidad de canteras de extracción de áridos abiertas, las repoblaciones forestales, construcción de caminos nuevos y cortafuegos, y hasta la masiva transformación con la construcción de casetas realizadas en torno a la fiesta y romería de San Juan del Monte. Es incuestionable que el paisaje ha sufrido una profunda mutación, por lo que no debe resultar extraño esta falta comentada de restos físicos; y más en una actividad técnicamente tan poco sofisticada y tan itinerante. 4. ¿UNA POSIBLE NUEVA LÍNEA DE INVESTIGACIÓN E INTERPRETACIÓN DE LA LEYENDA DE SAN JUAN DEL MONTE? Soy consciente de lo movedizo de este terreno, Y más en cuestiones históricas en las que los documentos son tan necesarios para poder científicamente sustentar las cosas. Pero, simplemente como una nueva posible línea de investigación para abordar el origen de San Juan del Monte, me atrevo a poner sobre la mesa la siguiente proposición: la actual fiesta y romería sanjuanera, que tiene sin ningún tipo de dudas sus orígenes en la Edad Media, y superpone en la memoria colectiva de decenas de generaciones de mirandeses el mundo profano y mitológico con el religioso, tiene también uno de sus primeros estratos en aquel primitivo mundo de los ferrones. Es, pues, muy probable que las leyendas de santos y ermitaños viviendo en los montes de Miranda y alrededores nos remonten a épocas anteriores al cristianismo. El asentamiento humano en San Juan del Monte en los tiempos medievales más remotos tiene su origen en la industria del hierro y aprovechamiento del bosque. Parece perfectamente corroborado que los primeros ferrones, todavía auténticamente gentiles y muy poco cristianizados, vivían en chozas 17 y cuevas de las montañas vascas. Cuando llegaron hasta las cumbres y bosques de Miranda debieron traer consigo sus formas de vida y creencias. Una vez más la toponimia nos ofrece alguna “pista” en este sentido. En el camino de Ircio a Herrera existe una cueva denominada en el documento foral de Miranda de Ebro Covabalza, que como muy bien indicó en su día, aunque en otro contexto, Cantera Burgos tiene su origen en el vascuence, con un significado muy claro de “cueva negra”. Todavía hoy los habitantes de la zona denominan “cuevas negras” a muchas oquedades existentes entre Ircio, Herrera y Villalaba . Los gentiles al final se cristianizaron. Y todo, denominaciones, creencias y la mitología creada alrededor del fuego, hierro y cuevas se cubrió con un manto religioso. ¿Es posible que, al final, todas las leyendas, mitos, magia, curanderismo y veneraciones de San Juan del Monte hundan sus raíces en aquellos enigmáticos pobladores, habitantes de las cuevas y magos dominadores del fuego? 5. CONCLUSIONES Todo lo relatado hasta ahora, es indudable que no deja de ser en un gran porcentaje más que una propuesta interpretativa de algunos hechos contrastados históricamente, y, además, una sencilla 18 invitación para que un futuro no demasiado lejano antropólogos, historiadores y lingüistas ahonden en la enigmática carga de memoria colectiva y milenaria que encierran los bellos montes de Miranda de Ebro. Pero, volviendo al tema principal de este trabajo, pocas dudas caben de la existencia entre los siglos IX y XI de ferrerías masuqueras o de viento, traídas y explotadas por vascos, en nuestras tierras. Dejaron una profunda e indiscutible impronta en toda la zona de montaña y alrededores de Ircio. Lo que todavía no sabemos, y quizá nunca los averigüemos, es el volumen e importancia que alcanzó la actividad. 19